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¿Qué pesará más: las ganas de castigar al PRI o las ganas de impedir el arribo de AMLO a la presidencia; el hartazgo o la amlofobia?

La elección presidencial de julio próximo presenta características peculiares.

Es la primera vez que concurre el mayor número de elecciones locales y federales con la presidencial; la participación de candidatos presidenciales sin partido; el grupo etario de los millennials representa 30 por ciento del padrón, y habrá de definir la elección, si logra ser movilizado o convencido por una opción (estos indicadores los comentamos la semana pasada). Pero también se suman otros tres elementos distintivos:

Los mexicanos residentes en el extranjero: hasta ahora, la participación de este grupo electoral ha sido marginal. En 2006, sufragaron 32 mil 621 mexicanos en el exterior, y en 2012 hubo un incremento a 40 mil 714 votos. Nada significativo. Sin embargo, la difusión, las facilidades y la prioridad que los partidos han dado a este segmento electoral hace previsible un incremento de su votación este año. Es un voto opositor al PRI. Tiende a beneficiar al PAN, en primer término, y a la izquierda como segunda opción. No obstante, el “efecto Trump” y el ambiente antimexicano que se ha esparcido en la unión americana podrían cambiar estas tendencias.

Será un voto influido por la percepción de quién de los candidatos mexicanos puede enfrentar mejor la embestida de Trump y, a la vez, quién tiene la mejor propuesta para mejorar la condición migratoria de millones de mexicanos. Si a todo ello agregamos la influencia electoral que los connacionales residentes en Estados Unidos de América tienen en las zonas migrantes del país (por ejemplo, las elecciones en la sierra de Puebla se definen en Nueva York; las del semidesierto zacatecano, en Chicago, y las del Bajío, en Los Ángeles), tendremos más claro el valor estratégico de este segmento electoral en una contienda concurrente cerrada.

Castigo versus miedo: más que una polarización ideológica del tipo derecha versus izquierda, o una polarización programática corrupción versus honestidad, lo que se perfila desde ahora es una polarización entre dos resortes afectivos altamente inflamables: castigo (voto antiPRI) o miedo (voto antiAMLO). No es que la ideología o las propuestas no vayan a influir. Contarán en algunos sectores de opinión, pero no serán determinantes para la motivación y la movilización masivas.

Lo que veremos son campañas de fuego y candidatos en llamas. Lanzándose calumnias, epítetos y estiércol al por mayor. Serán campañas de negativos, en las cuales difícilmente se verá lo positivo de las propuestas y de las personas. Al final quedarán dos polos “anti”. El polo que logré exacerbar los mayores defectos y negativos del otro es el que triunfará. ¿Qué pesará más: las ganas de castigar al PRI o las ganas de impedir el arribo de AMLO a la Presidencia; el hartazgo o la amlofobia? Ése y no otro será el vínculo afectivo y el nodo sentimental de la elección.

Plebiscito reformatorio: la trama temática de la elección también es sencilla: reformas sí, reformas no. Meade es el candidato del PRI por ser el que mejor garantiza la continuidad de las reformas transexenales de Peña Nieto. MORENA, un partido con apenas tres años de vida, ha alcanzado a los septuagenarios PRI y PAN porque maestros, trabajadores petroleros, ciudadanos consumidores de gas, gasolina, diésel y luz de las más caras del planeta, y empresarios y profesionistas de clase media, inconformes con las reformas educativa, energética y fiscal, respectivamente, están listos para cobrar la afrenta el próximo 1 de julio. ¿Estas reformas sacarán al país de la crisis de seguridad, desempleo y corrupción, o lo hundirán más? ¿Qué opinas tú: las reformas se deben consolidar, derogar o revisar?

De todo esto trata la próxima elección.

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